Croacia VII/ por Charly Gradin

Los abuelos de Pablo nacieron en Croacia. En un pueblo en las montañas, a 60km de Split y del mar, al que casi no conocieron. Vivieron la Segunda Guerra sin grandes alteraciones en sus vidas, salvo una evacuación hacia el final, cuando viajaron a Italia como refugiados. Eran gente de campo y su rutina no cambió demasiado, ni padeció privaciones mucho más graves que las que enfrentaba normalmente desde hacía siglos. ¿Qué eran entonces los Balcanes? ¿Y qué fueron después? ¿Y cómo llegamos a hablar de ellos, en Buenos Aires, mientras miramos un partido, en un bar del microcentro tomando whiskys por los que nos cobrarían el doble de lo prometido, sin que supiéramos por qué? Perisich hizo uno de los goles. Camerún se vino abajo. Seguimos adelante. No somos fríos, no nos dejamos sorprender, ni siquiera por nosotros mismos. Eso es Croacia, pensamos. Siguieron más goles. Nadie más miraba el partido. Nuestros jugadores se movían con la lentitud infinta de las transmisiones de las galas de billar en la ESPN. No había sonido y afuera anochecía. En un momento, hablamos de los iconoclastas. ¿Cómo sería vivir en mundos privados de imágenes sagradas desde siglos antes de que naciéramos? Ganamos 4 a 0. Pablo me habló de su abuela, y de su casa suburbana donde criaba gallinas y plantas. Nos conocemos hace años. Lo miré de reojo, y pensé en ustedes, compañeros croatas. Seguimos sus desventuras, aunque no lo sepan. Y brindamos por los goles que vendrán, por los que ya hicimos y por los que apenas se vislumbran. Pablo hablaba de sus días como guía de un museo de ciencias naturales. El tiempo se detuvo. En el último gol no nos emocionamos. Sólo asentimos en silencio, porque verlos jugar es vivir en estado de déja vu constante. Y a veces se vuelve imposible. Jugadores croatas, ¿saben lo que harán cuando esto se termine? Un anuncio en la televisión: “Evitar consecuencias”. Eso piden los burócratas. Equilibrio y serenidad, como si hubiera algún resquicio del mundo capaz de sustraerse a la perpetua máquina de producir consceucencias, de la que somos víctimas y verdugos, al mismo tiempo y sin darnos cuenta. No importa, no nos hagan caso. Croatas, nos fuimos con Pablo a caminar por la peatonal Florida. Un día tomaremos coñac con ustedes, cuando nos visiten. Ya habrá tiempo de pasar en limpio nuestra tristeza.

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