Hay que matarlo/ por Francisco Bitar

Si bien todos los cumpleaños de mi infancia habían sido más o menos iguales, el 7 de abril de 1992, el día de mi cumpleaños número once, me deparaba un momento especial: una pelea de perros, la más feroz de la que sería testigo hasta hoy.
Es así: nos rateamos con el Nanchi. Él va con un palo por encima de los durmientes, como si fuera un pastor, y cuando llegamos a los asentamientos de la estación Guadalupe la pelea ya está en curso. Por esta parte del alambrado, unos cuatro o cinco perros se ensañaron con otro que no sabe bien para qué lado tirar el tarascón. Por lo general apunta al perro que tiene enfrente pero otras veces debe enroscarse para espantar al que lo ataca por atrás. Resiste. Pero es sólo cuestión de tiempo.
Cuando una vecina destraba la pelea con un baldazo de agua, quedamos frente a los restos del animal. La cola está quebrada en dos partes y uno de sus muslos está demasiado atrás, como separado del resto del cuerpo. Son heridas menores o en todo caso el perro podría sobrevivir. Pero hay otra herida, más ancha y profunda, que empieza abajo de una oreja y rodea su cuello. Esa herida lo dejó ciego, pienso. O es que el perro perdió para siempre la vista en el vacío.
Con mi amigo creemos que lo mejor es llevarlo a un veterinario. Pero cuando Nanchi lo toca con su palo, recibe a cambio un tarascón que pasa cerca de su tobillo. Ahora nos siente cerca y, por las próximas horas, mostrará los dientes.
Nos quedamos hasta que se tranquilice, decidimos. Es un día extrañamente frío para comienzos de abril y la helada de la noche anterior quemó algunos pastos. El perro tira humo a toda velocidad y parece como si el vapor fuera de color rojo. Las frenadas y los bocinazos de calle Velez Sarfield lo sobresaltan. Entonces tira mordidas al aire; es un perro que ya no renunciará al éxtasis de la pelea. En un momento pasa una ambulancia con la sirena prendida y el perro hace un esfuerzo por arrastrarse.
Hay que matarlo, dice Nanchi y levanta su palo. Entonces el perro ladra. Muestra los dientes y ladra otra vez.

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