Suiza y el juego 10 / por Martín Armada
Ya está, ahora lo que resta es el abismo. Así se hiela el corazón cuando la única posibilidad de permanecer es vencer. Algo inhumano que apasiona a nuestra especie: que en un sólo movimiento se defina qué queda del lado de la nada. La derrota es también un acto de fe, muchachos, es deslizarse involuntariamente al vacío.

Hay que bañarse y volver a las capitales donde cada uno tiene sus montañas y su leche. Hay que soñar con la imagen del humo, con el rastro del fuego que anuncia lo que está vivo. No importa hacia dónde marchen vencidos, lo que no puede ni va a pasarles es dejar de imaginar que existe un lugar donde cualquiera puede olvidar lo que anhela.

Marca sincronizada, buen estado físico, carácter. Así fue el equipo de la nación que guarda tesoros y que brilló al sol como si fuera plata. Pero Argentina juega bien. No tiene orden, ni atletas, ni carácter colectivo. Improvisa, tiene miedo, está llena de caprichos. Juega bien. Messi juega bien porque no hay otra cosa que sepa hacer en una cancha que jugar. No le interesa ni conoce otra cosa. Detrás de sus ojos de ternero no hay lugar para la idea de la gloria, ni de la deshonra. En el fondo y adelante, en los costados, arriba y abajo su mundo sería de tinieblas si ahí no creciera como plaga la idea de que siempre se puede hacer un gol. Muchachos, no tiene sentido alargar el lamento. En la mente de Messi sólo funciona una esperanza que, por simple, se realiza.

Piensen en eso. Los juegos se juegan en un presente infantil y furioso. Algo que se parece mucho más a la selva que ven desde el aire y al mar que cruzan de noche que a su destino, al que vuelven. Descansen, ya en la oscuridad contenida por el fuselaje, van a recordar que están bien, que van de regreso a un mundo donde nadie habla de las cosas que pasan de golpe.

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