Rumbo a la cuarta copa del mundo / por Damián Ríos

Till leyó el artículo de Martín Caparrós en El país a propósito del partido contra Holanda y me lo copia en el chat del skype: “Quizá somos esto; quizás el error –tan argentino– de muchos argentinos fue haber creído que podíamos ser otra cosa: una que, en principio, parecía mejor.” Le digo que Caparrós es un novelista desparejo, que a veces es mediocre y que a veces es malo; que es un hábil periodista, pero que en literatura ha probado casi todas las formas del error y del mal gusto. Tiene un blog en un diario español, le digo, si siquiera una columna el diario principal. Till, que ya está festejando, me dice que de todas maneras será un intelectual prestigioso; es probable, le digo, y por eso mismo no significa demasiado. Till dice que no entiende a los argentinos y que Caparrós sí. No sé lo que entiende Caparrós, pero hablemos de fútbol. Hablemos de Alemania que le ganó a Brasil en una muestra de carácter, que le hizo sentir el rigor por meterse, injustamente, en una semifinal para la que no estaba preparado, con una muestra de talento y precisión; de personalidad y oportunismo. Con jugadores que se conocen muy bien y que casi siempre salen jugando desde el fondo con pases precisos y que en el medio son muy rápidos y casi nunca se equivocan y que adelante son generalmente letales, que tienen un arquero al que es difícil imaginarlo vencido. Que contra Brasil hicieron el mejor partido de la historia de los mundiales y que su técnico es serio y tiene un proyecto de largo plazo, que se prepararon para esta final, que la están esperando ansiosos desde hace 24 años. Qué puedo decir de Argentina, pregunta. De Argentina, querido amigo, no digas nada, no hay nada que analizar; no velamos ningún secreto y no hay nada que interpretar, entonces, ya lo sabemos todo.

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