Sub / por Martín Armada
El fútbol, el intenso y fugaz amor colectivo. Los que saben del juego y no están comprometidos con los libros de pases ni con el chupetómetro de la publicidad dicen que debemos estar en paz, que todo fue dado.

Pasan los años, pasan los jugadores y acá seguimos, intentando comprender de qué manera el deporte y el éxito conviven con la gloria y una idea absoluta y presente de justicia. Si Argentina salía campeón mi abuelo iba a poder seguir tranquilo en su muerte, una vieja deuda con un amigo iba a saldarse, también iba a perdonarme alguien por algo que pasó, pero que nunca comprendí. Transpiré por esa alquimia y por la felicidad.
Y perdimos. Todo bien. Yo estuve unas horas en silencio, poniendo la cabeza sobre una mano. Horas enfrente de una repetición que de a poco me fue soldando algo roto que se unió de nuevo a mi de una manera desprolija y permanente. No caminé por las avenidas, no canté. Lo hice mil veces en mi corazón y el último día fui mezquino y quise quedarme con esa alegría.

Al principio me sentí mal. Había fallado cuando tocaba olvidarme de mí. Hasta que detrás de los gritos de un periodista de campo vino primero otra voz y después otra imagen. Mascherano, que desde ahora sólo será él si está dispuesto a dar la vida por nosotros, agradeció el aguante, honró al grupo, bancó el fuego que se come al tiempo. Ojos rojos, parado delante del empapelado pagado por una maquinaria que no siente amor dijo: “Hoy, nos vaciamos”. Creo que después se fue. Así de perfecto.

Anuncios