#holanda

No se lo merece / por Matías Capelli

El partido de Holanda contra Chile no lo pude ver porque tuve que trabajar. Podría haber fraguado una crónica como si lo hubiese visto, echando mano a una década de experiencia en el oficio periodístico, pero lo dejé pasar. Después llegó el partido contra México, y entonces me di cuenta de que tenía muchísimas ganas de que ganara México, lo que era bastante mala onda con mi país de residencia. Si México ganaba, no podría festejar ni gritar los goles en la calle; si ganaba Holanda, me iba a sentir muy mal, así que me quedé viendo el partido en casa. Y cuando los holandeses lo dieron vuelta como una tortilla de maíz, fue tan grande la desazón que tampoco quise escribir nada para este diario.

El domingo a la tarde mi familia y algunos amigos me mandaron mensajes felicitándome por la victoria o preguntándome si estaba contento. Y la verdad es que no. Detesto la euforia naranja. Ya de por sí es bastante insoportable en cualquier fecha patria, no me quiero imaginar si ganan el mundial o si llegan a la final. Además es un pueblo que no necesita de una copa del mundo para salir a festejar a la calle todos juntos con euforia compartida, no necesitan drogarse con el opio del fútbol televisado para sentir bienestar nacional. (“No se lo merece”, retumba desde lo lejos la voz del mayordomo de la propaganda de jugos Tang -naranja, claro). Así que les deseo lo peor, holandeses, en este mundial, de ahora en más. A Van Persie le deseo que al abrir por error la puerta de un cuarto de hotel se tope con su madre desnuda cabalgando sobre el vientre abultado de Van Gaal. Y que de la impresión se quede pelado como Robben.  Y a Robben le deseo un desgarro isquiotibial.

Me habían convocado para que escribiera sobre Holanda porque vivo en Holanda, pero ayer me vine a Italia por dos semanas y cuando vuelva a Ámsterdam el mundial ya habrá terminado, así que renuncio a seguir cubriendo los partidos de Holanda. Estuve a punto de tirar los ratoncitos naranja del supermercado que se acumulaban en mi casa, eran como quince, pero me sentí un poco como quien ahoga gatitos recién nacidos porque no se los puede quedar y tampoco tiene a quién regalárselos. Tal vez lo haga a la vuelta, una vez que todo esto haya terminado y pueda reconciliarme un poco con el naranja en todas sus tonalidades.

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Piel de castor/ por Matías Capelli

Ayer fue el tercer y último día del paro de recolectores de residuos de Ámsterdam, y la ciudad estaba desbordada de basura. Hay paro por tres días, pero la gente sigue sacando basura a la calle, tirándola al cesto como si nada. Ve que el depósito está que rebalsa, y trata de meter igual su bolsa, deshacerse de ella, aunque quede colgando la mitad adentro y la otra afuera. O directamente tirar la basura junto al tacho, en el piso, construyendo una figura totémica del desperdicio. No es tan grave. Uno podría decir que ciertas calles de Ámsterdam luego de dos o tres días de paro se asemejan a lo que siempre es el Once a la altura de Corrientes. Lo llamativo es este extraño patrón humano: entre que la basura se pudra adentro de casa o se pudra en la vereda, nadie duda. Tal vez hagan bien. Es, en algún punto, tranquilizador. Tranquilizador que haya paro de recolectores y la ciudad sea una mugre, porque pone en evidencia que todo el resto del tiempo hay alguien atrás con la palita y la escoba, con el camión. Así como no está mal después de todo recordar que hay un animal muerto detrás de las planchitas de carne que vende el supermercado, detrás de un sándwich de pollo comprado en la estación de tren.
En el partido de ayer contra Australia, la selección de Holanda se ajustó más a la imagen que de ella tiene el pueblo holandés. El de Van Gaal no es un gran equipo. O al menos no lo fue en los últimos dos años. El debut contra España fue una excepción. El partido fue malo, aunque se convirtieron cinco goles.
¿Si los de Australia son canguros, qué animal podría representar a los holandeses? Castores: roedores anfibios con capacidad para construir diques, para modificar el terreno. Previsores, astutos, ávidos, amables. Con los dientes talan árboles, roen para construir. De buena piel y grueso pelambre. Muy trabajadores y productivos pero sin tener un pelo del buey que tira del arado o de un burro de carga.
Si en una entrada anterior daba cuenta de la ambigüedad que me genera el destino de Holanda en el Mundial (el destino de Holanda en el mundo), al minuto veinte del partido de ayer tuve un pico de éxtasis. Es que primero llegó un golazo de Robben y después, al minuto, el empate australiano. Primero vino gran corrida y definición del pelado (la dupla de superhéroes de la selección holandesa son los hermanos fantásticos Robin y Robben) y todos gritamos, pedimos nuevas rondas de cerveza. Sin darle tiempo al ego holando a solazarse en el bar, pum, llegó ese bombazo que pareció ejecutado por un canguro, si los canguros pudieran patear. Tim Cahill pateó como hubiera pateado uno de esos canguros de los dibujitos animados que como boxeadores eran letales. Después el partido siguió, pero a quién le importa.

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Paradoja / por Matías Capelli

Ver en un bar lleno de holandeses el partido del viernes puso en tensión todas esas limaduras que en la vida cotidiana del expatriado pasan más desapercibidas. Vi el partido en un bar en el oeste de Amsterdam, el Brel, en el que cada tanto paso música. Es un bar atípico porque está en un barrio todavía no gentrificado pero a su vez tampoco ghetto de inmigrantes, si no una mezcla. Holanda es desde hace años esa mezcla: los Dirk Kuyt y los Paul Verhaegh y los Terence Kongolo y los Jonathan de Guzmán. El Brel es un vórtice, tan lejos del turismo como de lo tradicional. Es uno de los pocos bares en que se puede fumar y entonces, claro, fuma todo el puto mundo. Cuando paso música estoy unas cuatro horas ahí adentro y cuando vuelvo a casa hasta las medias tienen olor a humo de tabaco. Aunque dejé hace seis años, me caen bien los fumadores. La mayoría de mis amigos fuman y los bares que permiten fumar adentro conservan cierta mística de reductos insalubres que me gusta. Lo que aúna a toda la gente diversa en el Brel es el hecho de que son fumadores empedernidos que no quieren salir a fumarse un cigarrillo afuera, menos que menos mientras su selección juega partido.
El partido con España empezó parejo y trabado a más no poder. Por momentos quería que Holanda hiciera un gol, gritaba uuu uuu con el resto de los parroquianos cada vez que estaban cerca, pero a su vez cuando España metió el primer gol y todos los holandos en el bar se querían matar, yo por dentro sonreía. Supongo que tiene que ver con cierto desapego emocional con el fútbol, sumado a una tendencia mía a llevar la contra a la mayoría imperante.
Disfrutaba en silencio de mi segunda cerveza tratando de individualizar a Van Persie, que después de mi entrada anterior, en la cual lo descubrí –para horror tuyo, consumidor informado de fútbol europeo–, se convirtió en mi hombre a seguir, cuando llegó esa maravilla coreográfica, ese gol de palomita, más que palomita fue casi un salto de águila, de reptil. Parecía un clavadista olímpico al que le hubieran cambiado el eje terrestre, una nueva técnica de salto en largo. Sublime lo de Robin. No pude más que festejar. Incluso sentí cierto orgullo, como si yo lo hubiera descubierto jugando en las inferiores del SBV Excelsior antes de que su madre se acostara con el entrenador. Después llegó el segundo gol y dije bueno. Después el tercero, la euforia naranja afloraba a borbotones, y ya sentía los primeros escozores de resentimiento. Bueno basta, hasta acá llegaron. El cuarto, nuevamente de Robben, literalmente me hundió.
El humo del tabaco se me volvió insoportable, y decidí irme, para llegar a casa antes de que terminara el partido y tener que cruzarme con la euforia naranja. Volvía en la bici por la calle desierta cuando escuché otro grito, cinco a uno. El segundo de Van Persie. Descargando cierta bronca en el pedaleo vislumbré mi paradoja: no quiero que Holanda quede afuera pronto, pero si llega a ganar el mundial me voy a querer matar. Así que, fiel a su tradición, espero que como mucho salga nuevamente subcampeón.

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Mañana (por hoy) / por Matías Capelli

 Finalmente jueves de madrugada carburando el partido con España del día de mañana (“por hoy” solían escribir entre paréntesis los cronistas antaño) empiezo a googlear al plantel de la selección holandesa.

En mi entrada anterior ninguneaba al técnico Louis Van Gaal y recién tras dos wikisegundos pude imaginar el rictus de fastidio, de desprecio que debe haber sentido cualquiera mínimamente al tanto del fútbol europeo al leer mi reporte. Técnico del Ajax, del Barcelona y del Bayern Munich. Bastante capo, al parecer.

Las mascotas del mundial se multiplican (“ver foto”, otra vieja muletilla del periodismo gráfico). Resultaron ser parte de una colección de veintitrés muñequitos distintos, que el supermercado regala cada quince euros de compra. Marketing total.

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Sigo. Gugleo al capitán y goleador Robin van Persie. Juega en Manchester United –seguro lo sabías, oh, tú, consumidor informado de fútbol europeo, pero yo no. Un goleador tremendo. Pero lo mejor es su historia personal. Porque Robin es hijo de una pareja de artistas de la zona de Rotterdam que a pesar del deseo de sus padres, se dedicó al fútbol.

Caminos impensados adoptan las formas de desafiar los mandatos familiares. Algo es algo. ¿Si alguno de los hermanos Spinetta hubiera salido futbolista, si la hija de Aira jugara en las Leonas?
Me cae simpático Van Persie, a pesar de que en las fotos tiene estampa demasiado altanera.
Sigo leyendo y enseguida me tropiezo con el dato de que a los quince años Robin tuvo que dejar las inferiores del SBV Excelsior y pasarse al Feyenoord porque su madre empezó a salir –o tal vez simplemente a acostarse- con el entrenador del Excelsior. Una situación que hubiera incitado a más de un adolescente a colgar los botines y comenzar a inyectarse drogas duras.
Veremos cómo juega mañana (por hoy).

Agente naranja / por Matías Capelli

Todo holandés tiene en su guardarropa al menos una prenda o atuendo naranja chillón, sea camisa, remera, bufanda… o directamente pantalón y saco, los hombres, y vestidos, las mujeres. Naranja de pies a cabeza. Todo holandés tiene al menos una de esas prendas y la viste en festividades patrias como el Día del Rey o los partidos de la selección.
En  los últimos días escuché a varios holandeses decir que su selección no está pasando por un buen momento y que probablemente se vuelvan temprano de Brasil. ¿Podría la Argentina ir a un Mundial sin sentirse candidata a ganarlo o al menos llegar a la final?
Mis escasos conocimientos sobre la selección de Holanda llegan hasta Marco Van Basten y Ruud Gullit (ese Pibe Valderrama nacido en Ámsterdam) y la selección de los setenta, la naranja mecánica y su fútbol total. Sé que hoy en día hay cierto descontento y malestar, que en 2010 jugaron la final con España pero que de la Eurocopa 2012 se volvieron en la primera ronda, y no mucho más. El nombre del técnico Louis van Gaal no me dice nada, así como tampoco el de los veintitrés jugadores. Pospongo para la próxima entrada el impulso de ponerme a investigar porque ya es de noche, muy tarde. Las ciudades y los pueblos de los Países bajos duermen, y las telas naranja refulgen planchaditas en los placares de toda la nación esperando el partido contra España este viernes 13. Buena forma de empezar un Mundial: en el punto exacto en que terminó el anterior, cuatro años después.
En mi casa de Ámsterdam no hay nada naranja salvo este muñequito que me dieron de regalo en el supermercado el otro día, una mascota mundialista.

WK

Me la dio el cajero de la tarde, un pakistaní de unos cincuenta años. Yo había hablado una vez con él cuando me ayudó a usar por primera vez la fotocopiadora que está en la entrada del supermercado (en Ámsterdam es difícil encontrar un sucedáneo del locutorio polirrubro, pero en casi todos los supermercados hay fotocopiadoras autoservicio que funcionan con monedas). Aquella vez me contó que llevaba veinticinco años viviendo en Holanda y que nunca había vuelto a Pakistán. Ahora me olvidé el nombre pero empezaba con M: Majid, Mohsin…
¿Podrá robarse M. muñequitos para regalarles a sus hijos o sobrinos? ¿Tendrá M. alguna prenda naranja refulgiendo en su placard comprado en Ikea? ¿Sabrá que aunque Pakistán no clasificó para el mundial, la Brazuca, pelota oficial del campeonato, es fabricada por operarias textiles en un taller ubicado en Sialkot, en el este de su patria?

Elijo Holanda porque hace diez meses que vivo en estas tierras por abajo del nivel del mar y el mundial es una ocasión sin igual para ejercitar el avistaje de los hombres y mujeres de naranja que habitan este pantano drenado y analizar sus costumbres. (MC)