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Las (tres) del estribo / por Ercole Lissardi

1.NEYMAR. En el partido por el tercer puesto se recibió de TIPAZO. Le sobraban excusas para no estar sentadito en el banco. Pero quiso estar ahí y tragar toda la mierda junto con sus compañeros. No cualquiera.
2. UNA  POR EL PUEBLO ARGENTINO. Que igual salió a festejar. No el subcampeonato, por supuesto, sino la hombría, el dejar todo por la camiseta albiceleste que fue lo que hicieron sus muchachos.
3. UNA POR LOS YORUGUAS. Que se tomaron con mucha soda la eliminación a manos de Colombia, razonando que mandar a casa a Inglaterra y a Italia era ya como ganar un Mundial.
Y no voy por la cuarta porque la cuarta como decía Lezama, es la de la locura.
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Piernas / por Ercole Lissardi

Advertimos en nuestro post anterior que era un partido para la mínima diferencia o para penales.

Argentina hizo un buen partido. Se mantuvo la alineación que se había elaborado a lo largo del campeonato y mientras hubo piernas se controló a Alemania y se tuvo opciones de gol gracias a la habilidad de los delanteros.

La diferencia entre Argentina y Alemania fue que Argentina se quedó sin piernas, y Alemania no.

Es la eterna diferencia entre los nórdicos y los demás. Ellos son jugadores de fútbol pero además son atletas.

A mediados del segundo tiempo Argentina empezó a sentir el trámite y poco a poco retrocedió en la cancha.

Una carrera infernal de Schurrle por la banda izquierda al final del alargue decidió el partido.

Sabedor de ese plus físico alemán que aparecería al final del partido, la idea de Sabella fue ganar el partido en los primeros 45. Ahí Argentina quemó su físico. Tuvo las mejores oportunidades pero no la pudo embocar. Al final de los primeros 45 Argentina iba ganando… por puntos. Para los segundos 45 ya no había esa energía. Poco a poco Alemania fue prevaleciendo.

¿Pudo haberse planteado otra cosa? Sí. Pudo haberse medido mucho más el gasto de energía, dosificarla. Pero si en esos primeros 45 jugados a toda máquina se hubiera anotado, otro gallo hubiera cantado en el segundo tiempo.

MESSI. Es un jugador extraordinario. Pique, dribbling, panorama de cancha, shot, fantasía. Lo tiene todo. El problema es que aprendió a jugar con el tiqui-tiqui y a eso jugó toda su vida. Le cuesta muchísimo acostumbrarse a otra cosa. Esa es la esencia de sus diferencias con Sabella. Buena parte del partido deambuló por la cancha esperando que le llegara una pelota redonda para entregarse a las delicias del tiqui-tiqui. Le llegaron muy pocas. Intentar la magia personal rodeado de tres o cuatro teutones es poco menos que imposible.

Antes del fin / por Ercole Lissardi

1. PARA TERMINAR  CON SUÁREZ.  Que antes mismo de finalizar el Mundial en el que con característica vileza la Fifa expulsó a Suárez de sus dominios como si fuera mismamente un pichicho callejero el Barcelona comprara su ficha por 90 millones de Euros, no es cualquier gesto. Es un gesto que desoculta la tensión existente entre la mafia europea del fútbol y la mafia mundial del fútbol. No olvidar que Europa encabeza la movida contra el mundial en Qatar debido al trabajo esclavo en la construcción de la infraestructura y a las coimas en el otorgamiento de la sede. Suárez desaparece del Mundial de Brasil y reaparece súper estrella en un súper club europeo.

2. ARGENTINA DE MENOS A MAS.  Con la salida de Fernández y Gago, y la entrada de Demichelis, Pérez y Biglia, Argentina logró una solidez en el mediocampo por demás indispensable. Esa solidez le permitió frenar a Holanda y le permitirá frenar a Alemania.  Rotando adecuadamente a los notables delanteros que tiene, a Argentina le sobra con qué hacer daño. La clave en la final para Argentina es no caer en la ingenuidad de  Brasil, no estirar el equipo, esperar en bloque el momento adecuado. Alemania es buena, sin duda, pero el 7 a 1 es más consecuencia de la tontería táctica de Brasil que de las súper luminarias alemanas. Alemania contragolpea a gran velocidad y en bloque. Si encuentra al rival estirado o directamente partido, se hace un picnic. Si encuentra , un rival bien plantado le cuesta, como a cualquiera.

3. EL PROBLEMA PARA ALEMANIA. Es el talento descollante de los delanteros argentinos. Hasta ahora Alemania no tuvo que enfrentar nunca en todo el Mundial a un equipo de verdaderos talentosos. Messi, Agüero, Di María son artefactos futbolísiticos con los que un alemán no sabe bien qué hacer.

4. EN CASO DE APOSTAR. No se deje llevar por el 7 a 1. Es un partido para mínima diferencia, o directamente para penales.

En evidencia / por Ercole Lissardi

Hay gente que nunca aprende, ni siquiera de la experiencia propia. Una de ellas, incomprensiblemente notoria en los ambientes futbolísticos, es el maestrito Tabárez. Ya nos hemos referido al absurdo error de alineación con que Uruguay debutó contra Costa Rica. En el partido de hoy contra Colombia los errores no sólo se repitieron sino que se multiplicaron.

La alineación inicial restituyó a los gerontes Forlán y Maximiliano Pereira. Uruguay volvió a verse, como contra Costa Rica, penosamente inoperante. Terminado el primer tiempo 0-1, era de esperar que salieran a disputar el segundo con cambios. Niente. Los mismos. A los pocos minutos estaban 0-2.

Entonces sí, como un perro al que los golpes vuelven obediente, el maestrito sacó a Forlán y luego sacó defensas para incluir delanteros. A partir de ese momento Muslera no tuvo que atajar una sola pelota más. En cambio Ospina atajó tantas como nunca en su vida. En sus manotazos desesperados el maestrito dejó en el banco jugadores que habían tenido gran destaque contra Inglaterra e Italia, como Lodeiro, y recurrió a jugadores que ni en los partidos de preparación ni durante el Mundial habían tenido ni un minuto de fútbol, como Hernández. Uruguay, en su alinación cuidadosamente preparada para el partido, fue absolutamente inoperante. Pero rearmado a la desesperada, se llevó por delante a Colombia.

Demás está decir que más allá de su vocación por el Vejerto, de su nulo volumen de juego, Uruguay con Suárez es otra cosa. Suárez libera a sus compañeros. Los libera de la atención del hincha. Los libera de responsabilidad. Y como es incontrolable, los libera de presión de marca.

Colombia, que no es gran cosa, que le debe todo al orden y al carácter que le ha dado Pekerman, se encontró con un Uruguay a la defensiva, inoperante futbolísticamente, lento, y… sin Suárez. Aprovecharon la ocasión, naturalmente.

¿Será posible que ahora que el maestrito se va (¡¡¡¿O NO?!!!) pongan a alguien que sepa de qué va esta cosa de jugar al fútbol? Difícil. En el ambiente de mediocridad e ignorancia de la interna del fútbol uruguayo alguien que sepa de qué va eso de jugar al fútbol no es admisible. No se lo bancan. Pone a todos los vejertos en evidencia.

Ganaron los que perdieron/ por Ercole Lissardi

GANARON LOS QUE PERDIERON…
En la Arena das Dunas de la ciudad de Natal se enfrentaron las dos selecciones más avaras del mundo. Lograron el partido perfecto: cero fútbol, pura especulación. ¡Qué partidazo! Estaba en juego mucho más que una simple y efímera estadía en la zona de octavos de final. Estaba en juego el título de Campeón Mundial del Vejerto (véase mis posts anteriores). Y el ganador es… ¡Italia! Sí, los inventores, los padres del Vejerto, al que por pura coquetería llamaron Catenaccio, aventajaron una vez más a sus más entusiastas imitadores. Les alcanzaba con empatar y entraron decididos a aguantar el cero durante noventa minutos… ¡Y supieron perder en los últimos cinco! ¡Magnífico! Pero no despreciemos los méritos que supieron mostrar los cultores orientales del popular deporte. Uruguay sabía que Italia iba a vejertear, que iba a defender el cero a ultranza, y… ¡también entraron a defenderse! Durante todo el primer tiempo vimos a dos selecciones con su doble línea defensiva bien plantada y peloteando en el centro del campo. ¡Guerra de trincheras! Sólo cuando el segundo tiempo promediaba, y cuando el árbitro –muy correctamente- dejó a Italia en inferioridad numérica, sólo entonces los bravos charrúas se lanzaron al ataque… ¿qué digo al ataque? Se pusieron a tirar centros, hasta que pudieron cabecear uno. ¿Qué digo cabecear? Si lo de Godín fue un perfecto golpe de hombro…
Miles y miles de italianos y de uruguayos recorrieron miles de quilómetros para ver este partido perfectamente nulo. Nunca los pocos distraídos natalenses que concurrieron a presenciar el esperpento volverán a presenciar un partido de fútbol menos generoso con el fútbol y con el público.

…Y PERDIERON LOS QUE GANARON.
Hace apenas una hora que terminó el partido, pero el rumor ya crece de que Suárez podría ser suspendido por la FIFA debido al mordiscón que le pegó a Chiellini. ¿Cómo pudo Luis tentarse con las carnes de este zaguero viejo y flaco? Ivanovic es otra cosa, ahí hay en qué afirmarse, pero Chiellini…
Le va a costar el Mundial, y, peor, le va a costar el pase al Real o a Barcelona. Ninguno de estos dos equipos van a poner las virtudes futbolísticas de Suárez por encima de su peculiarísima patología agresiva.
Evidentemente a Luis se le tranca el superyó. La vocecita que tendría que decirle “No hagas eso” evidentemente no comparece cuando la impotencia lo domina. No sólo a él le pasa eso. Al menos en el fútbol uruguayo. Pero el problema es que a Luis le da por morder, no por tirar del pelo, escupir, dar un codazo o una buena y sana patada. No. Él muerde. Y eso nos recuerda a todos que somos básicamente animales, cosa que así, con tal fuerza de evidencia, no nos la bancamos.
Pero, en fin… la foto del hombro de Chiellini con marcas de dientes evidentemente fue tomada después de terminado el partido. ¿Quién asegura que esas marquitas son de los dientazos de Luisito?

Suárez el regreso/ por Ercole Lissardi

SI, ERA LA HORA DEL HÉROE NOMÁS…

Uruguay tuvo que perder con Costa Rica para que el sabio maestrito Tabárez se diera cuenta de que lo que estaba poniendo en el campo era una selección AÑOSA. En la cita de hoy no estuvieron Lugano, Maximiliano Pereira, Gargano y Forlán (entre los cuatro suman 130 años) y el Uruguay que se vio fue otra cosa: un equipo con una dosis de pressing y de vértigo por lo menos respetable.
Pero no hubiera alcanzado con eso, porque Uruguay no tiene un gran nivel de elaboración de juego y porque la mayor parte de sus jugadores no son realmente estrellas, son jugadores de buen nivel y nada más. Era necesario además, que regresara el héroe. En este partido, en el que Uruguay se jugaba toda la chance, el triunfo no era posible sin el héroe. Por eso titulamos nuestro post anterior LA HORA DEL HÉROE.
Cuatro semanas después de su operación de ligamentos, Suárez volvió. Hizo dos golazos y eliminó a Inglaterra. Se vengó de las mezquindades de que fue objeto en Inglaterra a su manera: con goles.
Así pues, acerté en mis dos predicciones: había que sacar a los viejos, y era la hora del héroe.
Para instantes que dicen todo del partido elijo estos dos:

-Sterling golpea con una rodilla a Palito Pereira en la cabeza. Pereira cae en total knock-out. Entran los médicos, le dan quién sabe qué y consigue pararse. Los médicos hacen señas de que debe entrar un reemplazo. Pereira, groggy, se da cuenta de que van a sacarlo y se pone a hacer señas tan claras como para que se vean en todo el estadio, de que no, que no piensa salir, que no va a salir. Médicos y técnicos ante tal empecinamiento, lo dejan volver a la cancha. La cámara lo toma un par de veces durante el juego mostrando su mirada francamente vidriosa.

-Al terminar el partido le ponen un micrófono delante a Suárez:

“¿Es cierto que anoche soñaste estos goles y se lo dijiste a tus compañeros?”. “Sí, es cierto”, dice Suárez, llorando a moco tendido.

A la uruguaya, digamos.

La hora del héroe / por Ercole Lissardi

No soy hincha de ningún club ni selección. Cuando voy al fútbol o veo fútbol por tv no sigo cuadros. Sigo jugadores.  Sigo las carreras de jugadores que me fascinan. He seguido, partido a partido, la trayectoria de Suárez en el Liverpool. Lo he visto hacer goles extraordinarios, dignos de un mago del fútbol, pero sobre todo lo he visto ponerse el cuadro al hombro y conducirlo a un subcampeonato que no fue campeonato porque si en el partido clave vas ganando tres a cero no te pueden empatar en los últimos minutos.

Ahora bien: Luis hizo eso por el Liverpool, pero no puede hacer eso por Uruguay. Liverpool no tiene grandes estrellas, exceptuado Luis, pero tiene un técnico capaz de variar fórmulas todo lo que sea necesario hasta encontrar una que funcione aunque sea por un rato. Uruguay por el contrario está anquilosado en su impotencia futbolística y envejecido hasta la lástima. Argentina ha sido capaz de buscar la manera de lograr que su superestrella dé el máximo. (O al menos eso parece. Crucemos los dedos). El técnico uruguayo pretende que lo que funcionó hace cuatro años siga funcionando tal y cual. No es posible. Luis se va a romper el alma –que le sobra- inútilmente.

En Montevideo las banderas aún cuelgan de los balcones. Los banderines siguen en las ventanillas de los autos. ¿Por quién siguen ondeando las banderas? Es por Luis.

P.s.  De todas maneras, después del gol de cabeza de Van Persie contra España, cerrando en palomita un pase de cincuenta metros de Blind, es CERRÁ Y VAMOS. Se acabó el Mundial. Nada mejor vamos a ver.

Principio… y fin / por Ercole Lissardi

He aquí bien clara la razón por la cual a un técnico exitoso… hay que destituirlo.
Sin duda que una de las condiciones necesarias para el éxito en fútbol es la formación de un “grupo” fuerte, es decir, de fuertes vínculos entre los jugadores. El problema es que cuando un “grupo” logra objetivos su cohesión interna se vuelve más fuerte que cualquier lógica. Y normalmente el técnico que logró éxitos con ese “grupo” es incapaz de disolverlo, aunque la lógica se lo indique. La única solución es cambiar de técnico para no quedar rehén del “grupo”.
El “grupo” de Uruguay llegó en su mejor edad a Sudáfrica, hoy es una selección añosa. Y Tabárez fue incapaz de introducir los cambios que eran necesarios.
Hoy vimos una selección añosa, lenta como un carromato, jugando al vejerto (ver post anterior) porque no sabe jugar a otra cosa, con un volumen de juego por debajo del cero, y sin su estrella, Luis Suárez.
Aquí se acabaron las ilusiones de Uruguay de pasar la fase de grupos.  Si fue incapaz de ganarle a Costa Rica, mucho menos puede ganarle a Inglaterra e Italia. Y no hay garra charrúa que valga. Y aunque juegue Suárez ni él puede con un carromato como éste.
Más allá de la verborrea del maestrito Tabárez hoy se volvió a ver al Uruguay a que estamos acostumbrados. Pura impotencia, hasta el punto de caer en la patanería.

Un dilema / por Ercole Lissardi

Vi el partido que inauguró el Mundial con mi hijo, que tiene 8 años, que adora el futbol, que va a una escuela de futbol, que llenó el álbum Panini, que gracias al álbum reconoce hasta a los suplentes de Costa de Marfil, y que desde hace un par de meses desde que se levanta a las siete de la mañana hasta que se duerme a las diez de la noche no habla sino de las chances de los unos y de los otros para ganar el Mundial.
Como ya estoy veterano, y he visto mucho fútbol, desde que el japonesito empezó a flechar la cancha en el primer tiempo supe que si Brasil no podía ganar iba a recibir ayuda del árbitro. Me pregunté entonces si debía decirle a mi chiquito de qué iba la cosa. Mi dilema era: ¿debía dejar al niño en la ilusión del Fair Play en el deporte que adora o debía mostrarle de plano cómo son las cosas en este mundo al que lo traje y en particular en este deporte que le enseñé a amar desde pequeño?
¡Ay! Opté por decirle de qué iba la cosa. Sí, es cierto, sucedió tal y como papá dijo que sucedería, y por consiguiente mis acciones en la Bolsa de Valores de su corazoncito aumentaron considerablemente de valor. Pero ¿qué? ¿Esto es sin consecuencias? ¿O algo se rompió en ese corazoncito? ¿Se merecía ese baño de realidad a los ocho añitos? Sembré en él la semilla maldita de la desconfianza, del desengaño. ¿Y ahora voy a tener que decirle que si se diera el milagro de que Uruguay anduviera bien también en este Mundial le van a cortar las alas antes de que vuele demasiado alto? ¡Qué mierda! Ojalá nos hubiéramos ido de vacaciones a Marte durante el Mundial. No hay manera de escaparse de toda esta basura.

Schiaffino y yo / por Ercole Lissardi

Desde hace un buen rato los medios nos saturan con el recuerdo del Maracanazo y sus héroes, Schiaffino y Ghiggia.
Juan Alberto Schiaffino, el cerebral y exquisito 10 de la selección campeona de 1950 y luego, a lo largo de los años cincuenta, del Milan de Italia, se retiró en 1962, regresó a Montevideo y se compró una casa en la Rambla de Punta Gorda, a poco más de tres cuadras de mi casa. Yo, por entonces, tenía 12 años.
La razón por la que el inmortal Pepe se instaló en Punta Gorda eran sus sobrinos Fernando y Héctor. Pepe, que no tuvo hijos, los adoraba. La casa que se compró estaba en la misma manzana que la de sus sobrinos.
Con Fernando y con Héctor, y con Mario Barbé, Walter Dupuy y los demás jugábamos interminables partidos de campito y alimentábamos la idea de formar un cuadro con el que disputar los campeonatos de la zona.
Un buen día me vine a enterar de que la cosa estaba hecha: el cuadrito se llamaba Playa Verde, tenía camiseta verde y el director técnico era Juan Alberto Schiaffino.
El Pepe era delgado hasta la flacura, y tenía un perfil afilado, como de pájaro, parecido a Beckett. Se vestía absolutamente siempre como un figurín de revista de modas. Para comunicarnos los rudimentos de una estrategia su habla era parca y nerviosa. Vos acá, y vos acá, vos subís y vos lo cubrís. Afectuoso sería con sus sobrinos, con los demás era distante y frío.
Jugamos un solo campeonato. Otoño del 63, creo. Se jugaba en la Playa Verde, que era la playa del barrio, y que tenía muchos metros de arena húmeda, apta para jugar calzados. Yo, livianito y veloz como era, jugaba de puntero, derecho.
Sólo recuerdo la final. A saber contra quién. Entré en el segundo tiempo. Hubo un córner al final del tiempo reglamentario.  O yo estaba distraído y la pelota me pegó o salté decididamente a cabecear. Lo cierto es que la pelota –de cuero en aquellos tiempos- pesada de humedad y cargada de arena me dio en la frente, despatarrándome y luego voló por encima de tirios y troyanos hasta que la atraparon las redes.
No recuerdo los festejos. Para mí fue toda la gloria que podía soñar. Para el Pepe debe de haber sido también un cacho de gloria, que se habrá dado el gusto de disfrutar con sus sobrinos amados hasta el fin de sus días.

Los tres magníficos / por Ercole Lissardi

Únicos tres argumentos que tiene Uruguay para aspirar a algo:

FORLAN. Tiene 35 años. Está, naturalmente, en la parte descendente de su curva. Pero está decidido a despedirse con otro gran mundial. Y lo que le sobra es mentalidad de atleta, es decir: disciplina. El otro día contra Eslovenia lo vi correr como si tuviera 20 añitos. Con que funcione a medias, ya cobramos.

CAVANI. Este fue su año negro. El Atleta de Cristo se divorció. Su ex le exige cuarenta mil dólares por mes para pitanza. Y se fue a jugar justo al PSG, donde el que manda –Zlatan– tiene un ego más grande que el suyo. Piensa vengarse de todo con un gran Mundial. Dice que si campeona, se pela.

SUAREZ. De ser el futbolista más despreciable de la Premier –condena del Premier Cameron incluida– pasó en meses a ser el número uno en todos los conceptos. Igual le pegaron tanto que algo se le tenía que romper. Operado de meniscos hace dos semanas piensa estar pronto para devolverle a los ingleses tanto amor.

El Vejerto / por Ercole Lissardi

A los uruguayos que creen saber de fútbol, a pesar de los resultados recientes, no les gusta cómo juega su selección. Defensa cerrada, contragolpe, pelotazo, volumen de juego cercano al cero.
Aseguran que desde hace décadas se juega en el país a una variación autóctona del fútbol a la que se conoce como “el vejerto” y que consiste en jugar a la retranca, aguantar el cero noventa minutos y perder en los descuentos.
Según los entendidos, la selección de Tabárez también juega al vejerto, que el “maestro” habría aprendido en su época de futbolista directamente del eximio perfeccionador de dicha táctica, el célebre “profesor” Ricardo de León.  La diferencia entre la selección formateada por Tabárez y cualquier otro equipo uruguayo cultor del vejerto consistiría en la feliz circunstancia de que aquella dispone de tres delanteros de nivel mundial.
Para cualquier observador sin prejuicios está claro que el fútbol uruguayo es el fútbol más aburrido del mundo. No por nada sus derechos de televisación son tan baratos.
Hubo, una década atrás, un momento de rebeldía en que dirigentes con visión pero demasiado optimistas consiguieron llevar a la selección al único técnico uruguayo del que, los que creen saber de fútbol, afirman que sí sabe de fútbol: Juan Ramón Carrasco. Luego de algunos partidos en que la selección ganó por goleada con un fútbol deslumbrador el plantel seleccionado –todos lúmpenes enriquecidos jugando en Europa– decidió terminar con la gestión de Carrasco. ¿La razón? El técnico era demasiado exigente en los entrenamientos, tanto físicos como mentales –había que aprenderse de memoria decenas de jugadas. En una noche de Eliminatorias, contra Venezuela como locales, los jugadores hicieron huelga de brazos caídos y perdieron por tres a cero. Esa noche en el Centenario Carrasco fue linchado –lo despidió una silbatina como jamás se había escuchado antes, estoy seguro, en un estadio de fútbol.  Y volvió el viejo y querido vejerto.

¡Uruguay Campeón! ¡Uruguay Campeón! / por Ercole Lissardi

Sí, estimadísimo Strafacce, que Argelia resultara campeón mundial en Brasil tendría una serie de consecuencias notabilísimas.
Pero ¿y si Uruguay se coronara otra vez venciendo a Brasil en la final? ¿Imagina usted las consecuencias? Yo no. Realmente, no. Lo mismo daría que la Tierra dejara de girar sobre su eje. ¿Estoy exagerando? ¿Cuáles no serían las represalias? La FIFA expulsaría a Uruguay de todas sus actividades. Brasil –con la anuencia del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas– invadiría Uruguay en una maniobra de ocupación que sólo llevaría unas horas, dado el tamaño del territorio. Los poco menos de tres millones de uruguayitos serían diseminados por todos los rincones del globo para que nunca más volvieran a formar una nación. Y el campeonato volvería a jugarse. En Brasil. Sin Uruguay. ¿Qué? ¿Estoy exagerando?
Y no crea usted que es imposible que Uruguay vuelva a coronarse en Maracaná. Con todo respeto, más imposible es que Argelia se lleve la copa. Porque sepa usted, estimado amigo, y esto delo por seguro, que Uruguay no podrá ganarle a Argentina, o a Alemania, o a España, pero si jugamos la final del mundial con Brasil en Maracaná, no tenga la menor duda de que le ganamos.

¡Qué extraña sensación es, para los uruguayos, que onettianamente, en materia de selecciones nacionales, no saben sino de inoperancia, inseguridad y fracaso, tener finalmente, por primera vez en quién sabe cuánto tiempo, una selección de la que, lo menos que puede decirse, es que es confiable! Los uruguayos están divididos. Están los que saben que esto no es más que otra ilusión pasajera, y están los que creen que las cosas cambiaron definitivamente, de una vez y para siempre. (Ercole Lissardi, desde Uruguay)