#martinarmada

Sub / por Martín Armada
El fútbol, el intenso y fugaz amor colectivo. Los que saben del juego y no están comprometidos con los libros de pases ni con el chupetómetro de la publicidad dicen que debemos estar en paz, que todo fue dado.

Pasan los años, pasan los jugadores y acá seguimos, intentando comprender de qué manera el deporte y el éxito conviven con la gloria y una idea absoluta y presente de justicia. Si Argentina salía campeón mi abuelo iba a poder seguir tranquilo en su muerte, una vieja deuda con un amigo iba a saldarse, también iba a perdonarme alguien por algo que pasó, pero que nunca comprendí. Transpiré por esa alquimia y por la felicidad.
Y perdimos. Todo bien. Yo estuve unas horas en silencio, poniendo la cabeza sobre una mano. Horas enfrente de una repetición que de a poco me fue soldando algo roto que se unió de nuevo a mi de una manera desprolija y permanente. No caminé por las avenidas, no canté. Lo hice mil veces en mi corazón y el último día fui mezquino y quise quedarme con esa alegría.

Al principio me sentí mal. Había fallado cuando tocaba olvidarme de mí. Hasta que detrás de los gritos de un periodista de campo vino primero otra voz y después otra imagen. Mascherano, que desde ahora sólo será él si está dispuesto a dar la vida por nosotros, agradeció el aguante, honró al grupo, bancó el fuego que se come al tiempo. Ojos rojos, parado delante del empapelado pagado por una maquinaria que no siente amor dijo: “Hoy, nos vaciamos”. Creo que después se fue. Así de perfecto.

Suiza y el juego 10 / por Martín Armada
Ya está, ahora lo que resta es el abismo. Así se hiela el corazón cuando la única posibilidad de permanecer es vencer. Algo inhumano que apasiona a nuestra especie: que en un sólo movimiento se defina qué queda del lado de la nada. La derrota es también un acto de fe, muchachos, es deslizarse involuntariamente al vacío.

Hay que bañarse y volver a las capitales donde cada uno tiene sus montañas y su leche. Hay que soñar con la imagen del humo, con el rastro del fuego que anuncia lo que está vivo. No importa hacia dónde marchen vencidos, lo que no puede ni va a pasarles es dejar de imaginar que existe un lugar donde cualquiera puede olvidar lo que anhela.

Marca sincronizada, buen estado físico, carácter. Así fue el equipo de la nación que guarda tesoros y que brilló al sol como si fuera plata. Pero Argentina juega bien. No tiene orden, ni atletas, ni carácter colectivo. Improvisa, tiene miedo, está llena de caprichos. Juega bien. Messi juega bien porque no hay otra cosa que sepa hacer en una cancha que jugar. No le interesa ni conoce otra cosa. Detrás de sus ojos de ternero no hay lugar para la idea de la gloria, ni de la deshonra. En el fondo y adelante, en los costados, arriba y abajo su mundo sería de tinieblas si ahí no creciera como plaga la idea de que siempre se puede hacer un gol. Muchachos, no tiene sentido alargar el lamento. En la mente de Messi sólo funciona una esperanza que, por simple, se realiza.

Piensen en eso. Los juegos se juegan en un presente infantil y furioso. Algo que se parece mucho más a la selva que ven desde el aire y al mar que cruzan de noche que a su destino, al que vuelven. Descansen, ya en la oscuridad contenida por el fuselaje, van a recordar que están bien, que van de regreso a un mundo donde nadie habla de las cosas que pasan de golpe.

Team is murder/ por Martín Armada

Suiza, tierra de acreedores: el fútbol es cosa de pobres bien alimentados o de potencias que pueden hacer de sus viejas masacres de ultramar un semillero de talentos. Suiza, valle de los que financian: les tocó seguir de lejos el segundo camino. Y, cada tanto, la tibieza del pasado se vuelve nieve. En el fútbol, en las fábricas y en las listas oscuras del personal de maestranza, lo único que garantiza la renovación y la gloria es haber conquistado tierras con un corazón galvanizado. No alcanza con prestar dinero o guardar riqueza mal habida, muchachos. Cuando un mundo envejecido se niega a morir solo tiene un mañana si supo derramar sangre sin culpa. Suiza, país de relojería: tu legión extranjera fue pobre, no como la de Francia, no como la de Alemania que decidieron matar y hoy tienen equipo.
Hoy, luego de perder por paliza con los turcos, los negros, los polacos -todos ellos teutones- queda intentar lo posible: derrotar a Honduras, hacer que el primer paso para recuperarse de la derrota siga siendo aprovecharse del más débil.
De ganar, el escenario es inquietante. Suiza podría enfrentarse a Argentina, una selección que carga con su propio estigma, el de buscar ranquear en un deporte que la desprecia por querer ocultar su condición de páramo futbolístico semicolonial.

Épica / por Martín Armada
Seferovic, Mehmedi, sus goles son la alegría del pueblo impune entre montañas. Ecuador llegó con el aura de los que vienen de la nada arrastrando un deseo de porvenir: había sido incluido en el efímero top ten de la permanente FIFA, había clasificado bien en las eliminatorias. Pero no alcanzó. Mehmedi natural de Macedonia, Seferovic, el de vientre bosnio, ahora es la nación de las cabras y el dinero la que anota sus nombres para que no desaparezcan.
Entonces, lo que deja un partido se resume a quienes se abrazan para celebarar y quienes se consuelan mordiendo una camiseta que, aunque salada, arrastra el gusto infame de la derrota. Perder es una afrenta y mucho más si es en el último minuto del tiempo que, con más capricho que matemática, define agregar el referí. Ecuador lo sabe y carga con ese peso. ¿Y Suiza? Bueno, Suiza se quedó con todo. Suiza hizo una gran eliminatoria y parece haberse abrazado con pericia a la regularidad, ese equivalente de la inercia en un mundo donde la energía del músculo es la única fuerza de trabajo.
El 2 a 1 de los suizos contra Ecuador, mostró un estilo deportivo que los revela. Los suizos practican una forma de adaptación sigilosa. Sobreviven a guerras en silencio, son ricos austeros, incorporan a los desesperados con la tibieza de las disposiciones burocráticas. Por eso Sepp Blatter, nacido en el cantón Valais, graduado en Administración de Negocios y Economía, ex jefe de Relaciones Públicas de una oficina de turismo provincial, ex secretario general de la Federación Suiza de Hockey sobre hielo, empezó a organizar los mundiales en 1982 hasta que el ritmo sacro de la política de la FIFA lo depositó en el sillón de Havelange. Desde allí aprendió a administrar mejor que nadie el cinismo y a espera con destreza su decrepitud.
Tiempo atrás, Sepp tuvo que responder sobre qué hacer con los jugadores que “se zambullen”. Quizás haciendo los números en el aire de lo que costaría llevar adelante el cambio, quizás por simple convicción Sepp aseguró que la simulación es parte esencial del fútbol y que, en sus años de pantalón corto, él era un artesano del dolor fingido.
Todo eso es el pasado. A principios del año mundialista, Sepp revisó las cuentas, miró a la disposición de las estrellas y declaró de manera oficial que la simulación debe ser desterrada del deporte por antideportiva y que no habrá compasión con los simuladores: “Las instrucciones son claras sobre este asunto: si un jugador está tirado en el suelo, el equipo rival no tiene que arrojar el balón afuera”. Así, las cosas vuelven a una de las huellas más profundas de nuestra Era: sólo la corporación médica tendrá el derecho de determinar qué lágrimas son reales. Ya no habrá más teatro en un mundial. La sangre será sólo sangre verdadera.
Pensaba esto mientras volvía a casa en bicicleta, anoche después del partido en el que Argentina volvió a ese extraño ritual en que los pueblos amamos y odiamos lo que vemos reflejado en los otros. Pensé en los penales que no fueron y nos hicieron daño, en los que tampoco fueron y nos hicieron volver al origen. Pensé cómo puede afectarnos la verdad a los que amamos la sencillez de correr añorando una pelota. Pensé qué será de todos nosotros cuando ya no existan los agujeros negros donde no hay tiempo, ni  espacio, ni juicio, donde lo que permanece es sólo el vacío.
Es demasiado pomposo pensar en la nada lo que dura un regreso pedaleando a oscuras, en el que tiene que triunfar un rosario a favor de abrazar un orden elemental para poder perderlo todo.
Mehmedi natural de Macedonia, Seferovic, el de vientre bosnio.
1 / por Martín Armada
El fútbol empieza, termina y se recuerda en colores. El gol de Maradona a los ingleses es un ejemplo: desde entonces la épica argentina es azul, es un gallo blanco dentro de un triángulo blanco sobre el pectoral derecho. Lo demás -vivido en celeste y blanco- son escaramuzas deportivas, derrotas o escándalos. Salvo las finales ganadas que, sin embargo, en el ábaco con el que se contabilizan los mitos, son pormenores.
Ahora: cuál es la densidad, la carga emotiva cifrada en una camiseta que parece la de un paramédico. No nací ni viví en Suiza, eso bastaría para explicar por qué no tengo opción alguna de comprender lo elemental: ¿qué significa para un suizo salir a la cancha?, ¿y ganar?, ¿y perder?
Si el fútbol es, después de un deporte con apenas algunas reglas básicas, una experiencia sentimental y estética: ¿por qué se amarga un suizo, qué es lo que considera bello?, ¿un gol desata el recuerdo de tardes donde el sol entibia a los hombres que, en silencio y al pie de una montaña, recuerdan que alguna vez fueron pastores?
Sé que voy a fracasar, pero mi compromiso de cronista es seguir el rastro de un país que parece haber triunfado en ser futbolísticamente mediocre, alcanzando así la perfección de la medianía. Nadie se burla de los suizos, pero nadie los respeta demasiado. Haber conseguido mantener ese equilibrio por más de medio siglo puede ser un talento.