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El koala rabioso / por Sebastián Hernaiz y Ana García Orsi

1.

Todavía hoy Australia es una monarquía dependiente de la corona del Reino Unido. En 1999, sus ciudadanos se permitieron un plebiscito para decidir si se volvían una República independiente. El 55% de los votantes decidió continuar bajo el manto real. Históricamente, su conducta no es otra que la de una nación voluntariamente sufragánea: “que depende de la jurisdicción y autoridad de alguien”. Nacionalmente mansito.

2.
Según la koalapedia (sí, existe: http://www.koalapedia.com/), el koala es un marsupial herbívoro, como el canguro o el perezoso. Viven generalmente en estado poco activo, entre árboles. En Australia, se alimentan principalmente de hojas de eucalíptus. Para masticar esas hojas, enseñan los veterinarios darwinistas, los koalas han desarrollado notablemente sus dientes incisivos, que se caracterizan por su filo. Así, mastican las hojas hasta volverlas una pasta que se digiere fácilmente. Al parecer, son sensibles en términos gástricos.
Pero más allá del rol que canónicamente tienen los koalas en la cadena alimenticia, en Australia circula un mito: si los koalas prueban sangre, si testean el poder de sus afilados incisivos rasgando carne de una presa y beben de su sangre, se vuelven carnívoros, enloquecen.
Seguramente muchos recuerden el capítulo de los Simpsons que se nutre de tal mitología.

3.
En el primer libro de Martín Gambarotta se leía:
“un perro que se da cuenta que es perro
deja de serlo”.
En el partido Chile-Australia, los chilenos pensaron que Australia era Australia. Y Australia misma lo pensó durante un buen rato. Pero hubo un momento en que se dio cuenta. Una pelota trabada que ganó, un pase que inventó una posibilidad, un jugador que gana de cabeza en el área rival. Metió un gol. Supo que podía meter más, que podía ganar el partido. Tuvo hambre. Por un momento, supo que podía afilar los dientes y no dependió más que de sí misma.
Descontó con gol de Cahill a los 35′ y pareció que podía dar el batacazo: saltar del bambú al cuello chileno, a lo mejor empatarlo y aguantar el tanteador con tacles y a los codazos, despertar de su letargo de vasallo ultramarino. Finalmente, nada pasó (el segundo gol de Australia fue anulado por un polémico offside) y el resultado no le fue favorable: Chile metió el tercero cerrando el partido. Sin embargo, Australia tuvo un momento distinto, probó como al pasar el sabor del desacato.
Los chilenos pensaron que Australia sería siempre Australia; los australianos le dieron la razón a Gambarotta.

 

Los socceros / por Sebastián Hernaiz y Ana García Orsi

En facebook hay una “página oficial” de la selección de fútbol australiana. Se ve que por algún hábito local, los equipos allá acostumbran más tener apodos, como acá suele ser propio en deportes como el rugby (“los pumas”) o el hockey (“las leonas”). Allá, la selección de fútbol tiene un tautológico apelativo: los “socceros”.
Si bien el fútbol hoy ya claramente invade la escena pública de modo notable incluso en países con poca tradición futbolera, demasiado importante no parece ser la selección allí. En facebook, los “socceros” juntan 350.000 seguidores en su página oficial. Aproximadamente, la población que vive entre los barrios de Palermo y Caballito en Capital Federal. Hay también, familiar directa, una página de la selección de fútbol femenino de Australia. Son “las matildas”, y juntan 35.000 seguidores. Familiar directo y sugerencia inmediata de estas páginas también es el facebook del Australian Cricket Team. Ese tiene 3.2 millones de seguidores. No es un momento agitado para el equipo de cricket, pero sin embargo actualizan con frecuencia su página. El promedio de “me gusta” de sus publicaciones es de 5000. Los socceros rascan la media de 400 “me gusta” por publicación. Y eso en tiempos mundialistas.
En general, los comentarios de los posteos no son optimistas respecto a las posibilidades de clasificación. Pero tampoco es que postulen un pesimismo oceánico; los criterios de la efectividad o el nivel futbolístico no son los que priman en Australia. La evaluación tiende a lo moral: la selección es un orgullo por su mera existencia, lo importante es el esfuerzo de estar allí, de jugar los partidos, más allá de ganar o jugar bien. Lejos del festejo del “cebollitas, subcampeón”, pasándose incluso del “lo que importa es competir, no ganar”, la perspectiva australiana prescinde de la categoría del triunfo. Festeja el mero hecho de los partidos con la alegría de una madre cuando su hijo eructa en la mesa: “muy bien, provechito”.
Algunas páginas deportivas internacionales cubren a los “socceros”, sin esperar nada de ellos. En la página del diario deportivo Olé, hasta se les niega fotos a la mayoría del plantel en su placa de información: de los 23 convocados, 12 no tienen foto disponible. Poca expectativa futbolística, poca efectividad esperada. Hay notas que no se preguntan si podrán conseguir algún punto en la primera ronda siquiera: se preguntan si podrán meter algún mísero gol.
Contra estos horizontes, con un optimismo que vale la pena escuchar, el técnico, Ange Postecoglou (de quien tampoco hay en Olé foto disponible), empezó a apuntar más alto: “hoy día se le puede ganar a cualquier equipo”, declaró. Iremos viendo.