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O umbligu du mundo / por Javier Diz

Puedo decir de memoria el plantel completo del equipo argentino que ganó el mundial del 86. Les puede parecer que no es tan complicado. Pero hagan la prueba. Van a ver que se hacen bardo con dos o tres nombres. Bueno, yo no (“ay, él”). No descubro nada al creer que esta proeza innecesaria es algo lógica, tratándose de un equipo del que la mayoría de los jugadores vienen desfilando desde entonces por cualquier recuento deportivo lastimero que se arma de tanto en tanto, sumado a la repetición de aquellos partidos hermosos. Pero no. La posta es que cuando pasó yo tenía trece años. Y a esa edad, cuando uno está virgen de todo, sabemos que la información de aquello que nos vuelve locos (fútbol y música, de este lado del mostrador) se clava con una intensidad descomunal (también puedo cantar, completos, los solos de guitarra y teclado de muchas canciones de Dire Straits, y ya no puedo hacer nada con esa maldición). Y si ese “aprendizaje” es estimulado con algún que otro ritual obsesivo, ya está.
La cuestión es que en junio de 1986 me levantaba todos los días a las 7 am para ir al colegio. Y en junio de 1986 hacía ya tres años que compraba la revista El Gráfico. A veces la compraba en el kiosco, otras veces me la traía mi viejo. Pero por alguna razón, ese año la acercaba el diariero a mi casa, casi al mismo tiempo en que yo encaraba para el colegio. Así, solía ocurrir que solo tenía tiempo para pispear la tapa, ojearla en cinco segundos con mi mochila ya colgando, y dejarla en casa para leerla con tranquilidad a la vuelta. Pero la previa del mundial me había enloquecido. Me comía los codos el hecho de esperar a los martes –los días en que la revista salía. Estaba tan on fire que ni siquiera podía esperar a que la revista pase por debajo de la puerta, y mucho menos a leerla a la vuelta del colegio. Había que hacer detripascorazón: levantarse una hora antes, caminar dos cuadras al kiosko –de noche, y cuando los inviernos eran de verdad-, y traerse la revista bajo el brazo. Después, la mejor media hora de toda mi vida. No recuerdo sentir tanto placer como aquel escalofrío que me provocaba devorarme la revista, café y tostadas en mano, y el sonido de la voz de mi vieja a mis espaldas, que trataba de decirme alguna cosa que yo no podía atender. También recuerdo que en el colegio me iba pésimo.
Dejé de comprar El Gráfico un año después de todo eso. Argentina no volvió a ganar un mundial. Tampoco recuerdo el plantel completo de ninguna otra selección argentina de ninguna época. Y fue en algún momento después de la catástrofe de Corea-Japón 2002 cuando recordé con fuerza ese ritual de los martes helados y felices. Solía decir, en joda, que Argentina no ganaba un mundial porque yo no me levantaba los martes a las 6 para ir a comprar El Gráfico. Lo dije una vez. Lo dije dos. Pasó el mundial 2006. Lo dije tres. Alguno empezó a chicanearme con que iba a tener que repetir aquello. Pensé en hacerlo como un juego simpático. Cada uno con su locura, pero en la mía yo era el responsable de que la selección no llegara siquiera a la final. Y esa cuestión se volvió uno de esos temas a los que uno se refiere entre risas pero interiormente siente que hay algo que se retuerce, incómodo. ¿Y si de verdad era culpa mía? No lo había intentado, así que no lo podía saber. Para mí era “fifty-fifty”, como dicen por ahí. Había que hacerlo en 2010. Porque estaba “eldiego”, por eso de la mística del 86. Y no existía algo con más mística que aquel bello y poderoso ritual personal que tenía que repetir. Pero el universo me traicionó, me olvidé, y nunca lo hice. Me distraje, seguro. Y nos comimos el chamuyo de Alemania. “Ya fue, el próximo lo hago de una”. Pero estamos ahora, acá, y El Gráfico en 2014 es mensual. ¡Mensual! Así que sonamos. No habrá más martes helados, ni más rituales, ni gloria. Les pido perdón de antemano. Juro que lo intenté.

EG