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Suárez y Calibán, el castigo/ por Jorge Monteleone

 
Suárez imagen
La Comisión Disciplinaria de la FIFA ha decidido lo siguiente:

1. Se considera culpable al futbolista Luis Suárez de haber violado el art. 48, apdo. 1d del Código Disciplinario de la FIFA (CDF) al agredir a otro jugador, y el art. 57 del CDF por haber cometido una ofensa a la deportividad contra otro jugador.

2. Se suspende al jugador Luis Suárez por nueve (9) partidos oficiales. El primer partido al que se aplicará la sanción será el próximo encuentro de la Copa Mundial de la FIFA™ entre Colombia y Uruguay, que se disputará el 28 de junio. En virtud del art. 38, apdo. 2a del CDF, el resto de la sanción se aplicará a los siguientes partidos de Uruguay en el Mundial si esta selección sigue avanzando en el torneo o a los siguientes partidos oficiales de la selección uruguaya.

3. De acuerdo con el art. 22 del CDF, durante cuatro (4) meses, se le prohíbe a Luis Suárez ejercer cualquier clase de actividad relacionada con el fútbol (administrativa, deportiva o de otra clase).

4. De acuerdo con el art. 21 del CDF, se prohíbe, asimismo, a Luis Suárez entrar en los recintos de todos los estadios durante el período de duración de la prohibición (v. punto 3). El jugador tampoco podrá entrar en los recintos del estadio en el que la selección uruguaya dispute un encuentro mientras esté cumpliendo con los nueve partidos de suspensión (v. punto 2).

5. Además, se le impone una multa que asciende a 100.000 CHF.

Resolución de la FIFA comunicada el 26 de junio al jugador Luis Suárez y a la Asociación Uruguaya de Fútbol.

 

“PRÓSPERO

Por hacer eso, tendrás calambres esta noche
y punzadas que ahogan el aliento. Los duendes,
que obran en la noche, clavarán
púas en tu piel. Tendrás más aguijones
que un panal, cada uno más punzante
que los de las abejas.

CALIBÁN

Tengo que comer. Esta isla
es mía por mi madre Sícorax,
y tú me la quitaste. Cuando viniste,
me acariciabas y me hacías mucho caso,
me dabas agua con bayas, me enseñabas
a nombrar la lumbrera mayor y la menor
que arden de día y de noche. Entonces te quería
y te mostraba las riquezas de la isla,
las fuentes, los pozos salados, lo yermo y lo fértil.
¡Maldito yo por hacerlo! Los hechizos de Sícorax
te asedien: escarabajos, sapos, murciélagos.
Yo soy todos los súbditos que tienes,
yo, que fui mi propio rey; y tú me empocilgas
en la dura roca y me niegas
el resto de la isla.

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Ochoa y el cero / por Jorge Monteleone

ochoa

Cuando el arquero mexicano Guillermo Ochoa abandonó triunfante el campo de Brasil, el sitio de los mayores campeones de la historia rodeado de miles de hinchas brasileños cuyo equipo no pudo ganarle a México, especie de David frente a Goliat, dijo que “sacar el cero allí no es fácil”. México le jugó a Brasil de igual a igual y el resultado de cero a cero tuvo el aire de una hazaña –aunque se olvida que en los juegos olímpicos México le arrebató a Brasil la medalla de oro y por eso había un implícito clima de jactanciosa revancha–. Las cámaras de televisión, al finalizar el encuentro, siguieron la figura del mejor jugador de la cancha: el arquero mexicano. Y luego siguieron la habitual figura del mejor jugador de Brasil: Neymar Jr.. De allí que el punto más alto del encuentro fue su enfrentamiento a los 25 minutos del primer tiempo: un cabezazo perfecto y mortífero de Neymar que desencadenó una veloz, armoniosa, extrema y suspendida atajada que realizara el arrojado metro con ochenta y tres centímetros del cuerpo del Memo Ochoa, y así alcanzó la pelota con la punta de los dedos de la mano derecha para frustrar el primer gol cantado del único equipo local y favorito automático, el pentacampeón Brasil. Esa fue la jugada que eligió Ochoa entre sus grandes atajadas (como ese zurdazo de Neymar que le paró con el pecho) y que en ese partido histórico evitó que la valla de México cayera otras tantas veces.

El gol es el acto máximo del fútbol y el que produce goles, en forma directa o indirecta, es el ídolo indiscutido del equipo. De hecho, cuando aquellos jugadores que no están habituados a realizar goles los hacen, un raro placer recorre la lógica de lo impensado. La gloria de un arquero es opuesta: su objetivo es impedir el tanto y su galardón supremo es la nulidad, el arco sin goles. A tal punto su acción se invierte, que en un deporte llamado literalmente “balompié”, debe usar las manos. Si cualquiera de los jugadores de un equipo alcanza su mayor eficacia ejecutando el uno, realizando el tanto, el arquero obra en sentido inverso. Ochoa cumplió esa tarde con la función  arquetípica de todo arquero: ser el artífice del cero.        Lo consiguió no menos de tres veces con esplendor. Como a toda acción extraordinaria, un aire secular lo frecuentaba: nació en Guadalajara y en su tierra no sólo habitaban los aztecas sino también los mayas,  esa civilización cuyas matemáticas inventaron antes que otras una de las máximas creaciones del genio humano: el cero.  No menos de tres veces el Memo Ochoa le inventó ceros a Brasil y sobre todo le infligió el antiguo símbolo al ídolo, al ícono, al eficaz número 10 Neymar. En esa aritmética de la nulidad, el 3 que seguía al 1 para formar el 13 en su camiseta color azul eléctrico, también llevaba un signo secreto. Guillermo Ochoa es un tapatío, nombre dado a los nacidos en Guadalajara y que deriva de la palabra de origen náhuatl tapatiotl, que significa: “vale por tres”.

Pirlo y el Tao / por Jorge Monteleone

Pirlo

La imagen del gigantesco mediocampista Andrea Pirlo en ese clásico inmediato que fue Italia – Inglaterra tiene el aire melancólico de un maestro que está a punto de abandonar con perfección su propio arte. Pirlo parece transformado: se lo veía a lo largo del tiempo con ese aire vagamente rocker que parecía ralentar los movimientos como un blusero y, al disparar el pase justo o realizar un gol de media distancia, transformarlos en actos de una precisión y de una belleza tales que parecían hacer converger los patrones de la física y la armonía en el azar inmotivado. Aquel Pirlo que corría con el pelo al viento y como reconcentrado en su instrumento perfecto, un día, presa del tedio, acusó el paso de los años y se dejó la barba. Pasados los treinta en el fútbol, el jugador se vuelve un hombre veterano. Pirlo, con 35 años, juega su último mundial. Su imagen en la selección azzurra era la de este hombre maduro, barbado, de ojos cansados, que parecía vivir en una prescindencia plena de los hechos y al mismo tiempo entregarse absolutamente a su arte. Diego Maradona sentenció sobre él una frase que parece un koan: “Hace cuatro años que Pirlo no erra un pase”.

En el partido que Italia le ganó a Inglaterra las dos jugadas más extraordinarias de Andrea Pirlo fueron más allá del acto mismo: la primera fue un pase que realizó sin tocar la pelota, una especie de movimiento ausente cuya principal acción consistía en no hacer. Para todos Andrea Pirlo viene a buscar el pase que le da su compañero: se espera que el gran jugador tome la pelota para disparar al arco, como es habitual. El defensor va hacia él y, puesto que será Pirlo el que va a disparar, toda la defensa está expectante. Pirlo viene corriendo en diagonal ante el pase frente al arco, parece que en efecto va a tomar el balón y, sin embargo, no lo hace. Hay que observarlo varias veces en cámara lenta: parece que va a actuar con la decisión de siempre, parece que todo su cuerpo se dispone a realizar lo habitual y, de súbito, el balón lo atraviesa, pasa de largo y él para la carrera, como si su movimiento consistiera en realizar un pase mediante el mero hecho de que la pelota pasara de largo. Él sabe que su compañero Claudio Marchisio está a su espalda: lo sabe porque en algún instante ciego para todos Pirlo, siempre, ve. Esa inadecuación, ese fragmento desviado del tiempo en lo impensado hace que Marchisio la reciba y haga el primer gol de Italia con un derechazo certero. Fue también un engaño (“no una trampa, un engaño”, como aclaró Norberto Verea en su comentario), o una prestidigitación, pero, en todo caso, un timo italiano a la agresividad inglesa, lo cual siempre nos suena vindicativo. Algo nuestro está allí, algo de truco criollo y de mano de dios taura está allí, remoto y genealógico.

El otro acto es un tiro libre. Pide hacerlo casi con displicencia. Son 35 metros de distancia, un espacio desmedido: tantos metros como años tiene el ejecutante genial, rara confluencia de un patrón numérico que también se dio en el minuto 35 en el que Marchisio hizo el primer gol. Se forma lejos la barrera. Pirlo ejecuta el disparo. El balón hace una comba y se dirige a metros por arriba del arco. Se espera que la pelota vaya en esa dirección, afuera, pero es un remate de Andrea Pirlo, donde interviene menos el azar que la forma. “El arquero Joe Hart se mueve, como si hubiera desvío en su barrera. No hay. Es el efecto” describe en su crónica Juan Pablo Varsky. En ese breve momento toda la barrera parece moverse y el más alto salta inútilmente porque la pelota está muy alta. Hasta que la pelota baja en el espacio exacto, baja hacia el arco, como si fuera el trazo preciso de un ideograma en el aire. Nadie podría atajar ese disparo. Sólo el travesaño: es allí donde golpea la pelota. El gol no se realiza pero la belleza de ese movimiento es pura, es inútil, es absoluta. La crónica de Varsky dice que el arquero rival le dijo: “¡Wonderful!”. Ver ese disparo no es menos emotivo que la negación de su eficacia. Incluso su gratuidad, su inutilidad lo vuelve un arte que no espera nada más que su propio despliegue. No fue un gol, pero fue un tiro al arco ejecutado por Andrea Pirlo, que mira de soslayo y gira sobre sí para irse a otra cosa.

En ese partido, Pirlo realizó –según registró la tecnología– 112 pases de los cuales falló sólo 9. Y entre ellos NO estaba ese pase ausente que consistió en dejar pasar la pelota. Se registraron así dos actos puros: un pase sin tocar el balón que terminó en el gol de Claudio Marchisio; un gran disparo que pegó en el travesaño. En ambos, con ese aire desapegado del que de pronto se sitúa en el ejercicio del vacío, Andrea Pirlo realizó el Tao: porque “el Tao nunca actúa, pero todo lo hace”.