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Mundial-selfie / por Julián Fernández Mouján

Supuestamente, este sería “mi” mundial número 11, si pensamos que la competencia se jugó religiosamente cada cuatro años. Contar el de 1974, jugado en –y ganado por– Alemania, es por demás polémico, teniendo en cuenta que se juega en junio y yo nací en la mitad exacta de ese mes, durante ese mundial.

Después de los de –otra vez– Alemania (06) y Sudáfrica (10), mi fiebre mundialista decayó cada vez más, aunque nunca del todo. El nivel de los dos mundiales anteriores era realmente un dolor de ojos insoportable, y la participación argentina en cada uno estuvo marcada por la falta y el exceso de mística, respectivamente.

Esa era, pensaba yo, la razón por la cual no tenía ni la más mínima intención de sentarme a ver un partido que no incluyera la participación de Messi & Cia. Podía verlos, y lo hice, de reojo, en una pestaña oculta del Chrome o entrando en algún sitio que ofreciera la información del partido “en vivo”. Pero nunca tomarme el tiempo –o perderlo– y toda mi atención en efectivamente “verlos”. Hasta que llegó el sábado y no pude resistirme a la tentación de contemplar el partido de octavos entre Colombia y Uruguay. Ahí descubrí que la razón de mi negativa a presenciar un partido completo por el cual no sintiera nervios no estaba en el nivel de la competencia en sí ni en mi –casi– nula esperanza en el futuro del fútbol. Lo que me molestaba por demás (me molestó, y lo sigue haciendo) eran los paneos y/o los primeros planos del público que se encuentra viviendo la cosa en la platea (en el mundial no hay populares, ¿no?).

Está claro que este pormenor en las transmisiones es una cuestión intrínseca de cada partido que miramos por televisión, y es algo que incluye a los partidos de “mi” selección y por lo tanto hay que bancársela (al menos hasta el día en el que decida no ver más partidos de la albiceleste). Pero no en Colombia – Uruguay.

Con el final del partido ahí nomás, y el irreversible 2-0 a favor de los de Pekerman, la cámara toma (¿“ponchea”?) a un pelado hincha de Uruguay, ya sin gente en las butacas de al lado, totalmente desolado y triste por el inminente adiós de la celeste de Brasil 2014. En los hombros tenía una bandera de su país y en un momento el señor, que rondaba los 45, se percata de que su cara de orto está saliendo en las pantallas del estadio. Estaba siendo parte del “mundial selfie” (no me atribuyo ninguna originalidad por el mote) y se quedó mirando a cámara, serio. Con mi hermano quisimos alentarlo a que –al mejor estilo Lanata– levante su dedo mayor a cámara, o que module un insulto, escupa, algo por el estilo. De hecho lo verbalizamos, como si nos escuchara, buscando una señal de esperanza, de rebeldía, de cierto romanticismo al pedo.

Antes que él, varios de sus compatriotas presentes habían tenido sus cinco segundos de TV sonriendo y saludándose a sí mismos, a pesar de la derrota y de la tristeza que uno espera encontrar en un hincha furioso por la eliminación de su equipo. No, con sus vasos de Budweiser ellos se levantan, gritan –aunque el sonido no sale–, muestran sus gorros, sus máscaras de témpera, sus falsas credenciales de hinchas, su falta de enojo. Codean a sus hijos, amigos, maridos, esposas para que no pierdan la oportunidad de “verse” y ver como es mirarse; o ver como los demás ven como se están viendo; aunque no puedan hacer todo, a la vez lo intentan.

Sin llegar nunca a entenderlo, o sin siquiera intentar comprenderlo, voy a seguir viendo los partidos del mundial (no pienso perderme un partido en el que juegue James Rodríguez) a pesar de este detalle que me horroriza y, tal vez, deja en evidencia mi intolerancia. No hay alternativa.

jamesteamo

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