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Épica / por Martín Armada
Seferovic, Mehmedi, sus goles son la alegría del pueblo impune entre montañas. Ecuador llegó con el aura de los que vienen de la nada arrastrando un deseo de porvenir: había sido incluido en el efímero top ten de la permanente FIFA, había clasificado bien en las eliminatorias. Pero no alcanzó. Mehmedi natural de Macedonia, Seferovic, el de vientre bosnio, ahora es la nación de las cabras y el dinero la que anota sus nombres para que no desaparezcan.
Entonces, lo que deja un partido se resume a quienes se abrazan para celebarar y quienes se consuelan mordiendo una camiseta que, aunque salada, arrastra el gusto infame de la derrota. Perder es una afrenta y mucho más si es en el último minuto del tiempo que, con más capricho que matemática, define agregar el referí. Ecuador lo sabe y carga con ese peso. ¿Y Suiza? Bueno, Suiza se quedó con todo. Suiza hizo una gran eliminatoria y parece haberse abrazado con pericia a la regularidad, ese equivalente de la inercia en un mundo donde la energía del músculo es la única fuerza de trabajo.
El 2 a 1 de los suizos contra Ecuador, mostró un estilo deportivo que los revela. Los suizos practican una forma de adaptación sigilosa. Sobreviven a guerras en silencio, son ricos austeros, incorporan a los desesperados con la tibieza de las disposiciones burocráticas. Por eso Sepp Blatter, nacido en el cantón Valais, graduado en Administración de Negocios y Economía, ex jefe de Relaciones Públicas de una oficina de turismo provincial, ex secretario general de la Federación Suiza de Hockey sobre hielo, empezó a organizar los mundiales en 1982 hasta que el ritmo sacro de la política de la FIFA lo depositó en el sillón de Havelange. Desde allí aprendió a administrar mejor que nadie el cinismo y a espera con destreza su decrepitud.
Tiempo atrás, Sepp tuvo que responder sobre qué hacer con los jugadores que “se zambullen”. Quizás haciendo los números en el aire de lo que costaría llevar adelante el cambio, quizás por simple convicción Sepp aseguró que la simulación es parte esencial del fútbol y que, en sus años de pantalón corto, él era un artesano del dolor fingido.
Todo eso es el pasado. A principios del año mundialista, Sepp revisó las cuentas, miró a la disposición de las estrellas y declaró de manera oficial que la simulación debe ser desterrada del deporte por antideportiva y que no habrá compasión con los simuladores: “Las instrucciones son claras sobre este asunto: si un jugador está tirado en el suelo, el equipo rival no tiene que arrojar el balón afuera”. Así, las cosas vuelven a una de las huellas más profundas de nuestra Era: sólo la corporación médica tendrá el derecho de determinar qué lágrimas son reales. Ya no habrá más teatro en un mundial. La sangre será sólo sangre verdadera.
Pensaba esto mientras volvía a casa en bicicleta, anoche después del partido en el que Argentina volvió a ese extraño ritual en que los pueblos amamos y odiamos lo que vemos reflejado en los otros. Pensé en los penales que no fueron y nos hicieron daño, en los que tampoco fueron y nos hicieron volver al origen. Pensé cómo puede afectarnos la verdad a los que amamos la sencillez de correr añorando una pelota. Pensé qué será de todos nosotros cuando ya no existan los agujeros negros donde no hay tiempo, ni  espacio, ni juicio, donde lo que permanece es sólo el vacío.
Es demasiado pomposo pensar en la nada lo que dura un regreso pedaleando a oscuras, en el que tiene que triunfar un rosario a favor de abrazar un orden elemental para poder perderlo todo.
Mehmedi natural de Macedonia, Seferovic, el de vientre bosnio.