#maradona

Bo’ caníbal  / por Martín Zariello

La idea que subyace detrás del SuárezGate es conocida: el fútbol como continuación de la guerra por otros medios. Antes, buena parte de la energía humana se canalizaba en la adhesión a ideologías o religiones que terminaban creando dogmas peligrosos que desembocaban en conflictos bélicos. De un tiempo a esta parte ese mismo espíritu de confrontación se trasladó al fútbol, un espectáculo de resonancia masiva que genera millones de dólares, se apropia del público y no provoca tantas muertes como Vietnam. Por esa misma razón, antes del partido entre Argentina e Inglaterra en el 86, Jorge Valdano dijo algo genial: “Este es el partido perfecto para que se confundan los imbéciles”.

Cuando Maradona fue suspendido en el 94 yo tenía diez años. Recuerdo el día en que se dio a conocer la noticia. Al apagarse las luces de mi habitación, yo no cerré los ojos ni pude dormir: me quedé despierto toda la noche pensando en Maradona, en la Selección, en cómo, de un segundo a otro, podían hacerse pedazos todos los sueños que yo había craneado alrededor del Mundial. En ese momento, el apartheid, la dictadura militar, el genocidio armenio y el Holocausto me parecían estupideces al lado de la injusticia mayor: que la FIFA no dejara jugar a Maradona por tomar Efedrina.

Después crecimos y nos enteramos que la efedrina no fue suministrada por Havelange o Julio Grondona, sino por Daniel Cerrini, un preparador físico inexperto que el mismo Maradona había llevado a Estados Unidos como parte de su entorno. Cerrini también fue el responsable de que Maradona abandonara su figura de deportista ochentoso retro para convertirse en un verdadero atleta de los 90: pelo corto, delgado, abdominales marcados.

El caso Suárez es bastante diferente al de Maradona, pero se relaciona en el sentido de que llegado el caso, cegados por el fanatismo, podemos inventar una conspiración donde sólo hubo negligencia o un desborde psicológico. ¿Qué hubiese pasado si el mordisco hubiese sido de un tipo odiado como Cristiano Ronaldo o un jugador desconocido de Corea del Sur? Si la FIFA se ensañó con Suárez porque no quiere que Uruguay siga avanzando en la Copa: ¿por qué no hace lo mismo con Robben, Messi o el plantel completo de Alemania? ¿De qué debilidad puede jactarse Uruguay, un equipo con jugadores de las mejores ligas europeas, que viene de ganar la Copa América, tiene una tradición histórica en el deporte y dejó afuera a Inglaterra e Italia?

La verdad es que la FIFA es una empresa que hace negocios y a sus dirigentes les hubiese convenido que Suárez, un jugador fabuloso y carismático (cuyo pase vale 58 millones de dólares), siga jugando el Mundial. Sin embargo, como toda empresa, la FIFA hace el mal sin pasión y tiene su reglamento de cosas prohibidas. Entre ellas tomar efedrina o morder rivales. Claro, estamos de acuerdo, aceptar eso es mucho más aburrido que pensar que Suárez es una célula terrorista implantada en el corazón del Imperio o que Maradona fue un grano en el culo de algún Poder Corporativo.

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Cazuza/ por Florencia Minici

Soñé que tomaba una cerveza Bohemia en el bar al paso “Maradona” con Cazuza en la Rosinha y después volvíamos al triste Leblon. Cazuza me decía “no vayamos al Posto 9 porque va a pasar alguien y nos va a ver” y yo le decía “lo mejor que les puede pasar es que juegues al fútbol” y “los sentimientos no sé si nos van a salvar”. Él me daba una palmada en el hombro y decía “están jugando al Prende y Apaga los caretas de Leblon”. Y después yo le decía “en la Barra de Tijuca nunca te vas a salvar”. Sin darnos cuenta nos habíamos metido hasta los hombros en el mar, era muy incómodo para patear la pelota y no podíamos volver. El Atlántico se había convertido en el Pacífico y era todo muy peligroso. “Qué paradoja que un mar que se llama Pacífico te haga esto” pensaba mientras se me iban cansando los brazos. Cazuza desapareció, pero no me desperté con la idea de que se hubiera ahogado. Lo primero que pensé es que me había hablado un ángel en sueños. Qué encuentro genial.

cazuza

El peor partido del mundo / por Marcelo Díaz

Me gusta ver De zurda, el programa que conducen Maradona y Víctor Hugo por Telesur, especialmente los lunes y los martes, porque son los días que Diego puede terminar las frases. Hoy, de todos modos, no tuvo mucho para decir cuando el uruguayo le requirió el análisis de Irán – Nigeria. “Me dormí” dijo el 10. Comentarista sin filtro ni pudor, dado más bien al barroquismo, la digresión, y el extravío, el Diego tuvo esta vez la contundencia de un zurdazo “Me dormí, un embole, imposible de mirar”.
Fue un 0 – 0 en toda la línea: 0 gol, 0 pase bien dado, 0 jugada de peligro, 0 emoción. Alguna que otra patada, sí, pero ninguna con la vehemencia de los hondureños, o el tradicional estilo uruguayo, nada, ni una jugada polémica, ni un off side mal cobrado, menos que menos un cabezazo como el de Pepe, o una rabona indescifrable como la de Rojo. Solo una morosa invitación a la siesta.
Como el mundial venía bárbaro, con goles, chiches, hinchadas, y buen fútbol, para que no decaiga  dejo el trailer de Rough Chase, flamante estreno de Nollywood, la industria de películas artesanales que coloca a Nigeria en el segundo lugar en el mundo en cuanto al volumen de la producción audiovisual, detrás de Hollywood y Bollywood. Un festival de saltos entusiastas y patadas a la cabeza como lamentablemente no vimos hoy en el partido:

Una épica lobotomizada / por Leticia Frenkel

Escribo con un ojo en la pantalla y el otro en la goleada de Holanda. Quiero pensar en Ecuador, pero me distraigo con la fiesta naranja. Por dios, qué miedito Robben y Van Persie. Unos temerarios. Pero lo mío, en lo que a mí concierne, es hablar del hermano latinoamericano. Ayer estuvo Correa el lindo en el programa “de Zurda” de Telesur (otro hermano latinonoamericano). Abajo va el link, pero antes un resumen: Correa, como buen hombre de estado, economista y pragmático, se alegra de que su país sea parte del evento, pero admite las limitaciones del caso (tira estadísticas y dice, por ejemplo, que Ecuador nunca había clasificado a un mundial antes de Corea- Japón, que de los últimos 4 mundiales clasificaron a 3, que el primer gol lo hicieron recién en el 2002). En cambio, Maradona, como corresponde, se deja llevar por los sentimientos y tartamudea (le está costando la palabra últimamente), que “Ecuador tiene muchas posibilidades, hoy más que nunca, de pasar a la otra fase” y “que es de los equipos que más ha crecido a nivel selección en eliminatorias”. No se pierdan la manito del Diego en la pierna del lindo. Varias veces. Varias veces también repite cada palabra, pobre Diegote empastillado. Qué dificil escucharlo, pone los nervios de punta.
Como Correa no quiere inmiscuirse en los asuntos internos, hablan poco de las protestas y encaran de lleno sus opiniones sobre el partido inaugural y lo que esperan del mundial: los tres esperan un mundial de paz. Cuando Víctor Hugo insiste en que nunca estuvo tan bien representada la Patria Grande en un campeonato del mundo, otra vez Correa apela al sentido de realidad: “Sin embargo, Europa tiene equipos poderosísimos. Los ocho campeones del mundo han clasificado”. Y patinando, como puede, Diego le replica: “Le voy a dar un dato: cada vez que cruzaron el charco, siempre bajaron el rendimiento”. Por supuesto da la nota final, como corresponde, esta vez en una épica lobotomizada:“Nunca llegamos tan bien preparados, no solo como jugadores, si no también a nivel dirigencial. Tengamos fe más en los nuestros, que en los que vienen de afuera”. Te banco Diegote del pueblo, pero después de hoy, pienso en Holanda y tiemblo.

O umbligu du mundo / por Javier Diz

Puedo decir de memoria el plantel completo del equipo argentino que ganó el mundial del 86. Les puede parecer que no es tan complicado. Pero hagan la prueba. Van a ver que se hacen bardo con dos o tres nombres. Bueno, yo no (“ay, él”). No descubro nada al creer que esta proeza innecesaria es algo lógica, tratándose de un equipo del que la mayoría de los jugadores vienen desfilando desde entonces por cualquier recuento deportivo lastimero que se arma de tanto en tanto, sumado a la repetición de aquellos partidos hermosos. Pero no. La posta es que cuando pasó yo tenía trece años. Y a esa edad, cuando uno está virgen de todo, sabemos que la información de aquello que nos vuelve locos (fútbol y música, de este lado del mostrador) se clava con una intensidad descomunal (también puedo cantar, completos, los solos de guitarra y teclado de muchas canciones de Dire Straits, y ya no puedo hacer nada con esa maldición). Y si ese “aprendizaje” es estimulado con algún que otro ritual obsesivo, ya está.
La cuestión es que en junio de 1986 me levantaba todos los días a las 7 am para ir al colegio. Y en junio de 1986 hacía ya tres años que compraba la revista El Gráfico. A veces la compraba en el kiosco, otras veces me la traía mi viejo. Pero por alguna razón, ese año la acercaba el diariero a mi casa, casi al mismo tiempo en que yo encaraba para el colegio. Así, solía ocurrir que solo tenía tiempo para pispear la tapa, ojearla en cinco segundos con mi mochila ya colgando, y dejarla en casa para leerla con tranquilidad a la vuelta. Pero la previa del mundial me había enloquecido. Me comía los codos el hecho de esperar a los martes –los días en que la revista salía. Estaba tan on fire que ni siquiera podía esperar a que la revista pase por debajo de la puerta, y mucho menos a leerla a la vuelta del colegio. Había que hacer detripascorazón: levantarse una hora antes, caminar dos cuadras al kiosko –de noche, y cuando los inviernos eran de verdad-, y traerse la revista bajo el brazo. Después, la mejor media hora de toda mi vida. No recuerdo sentir tanto placer como aquel escalofrío que me provocaba devorarme la revista, café y tostadas en mano, y el sonido de la voz de mi vieja a mis espaldas, que trataba de decirme alguna cosa que yo no podía atender. También recuerdo que en el colegio me iba pésimo.
Dejé de comprar El Gráfico un año después de todo eso. Argentina no volvió a ganar un mundial. Tampoco recuerdo el plantel completo de ninguna otra selección argentina de ninguna época. Y fue en algún momento después de la catástrofe de Corea-Japón 2002 cuando recordé con fuerza ese ritual de los martes helados y felices. Solía decir, en joda, que Argentina no ganaba un mundial porque yo no me levantaba los martes a las 6 para ir a comprar El Gráfico. Lo dije una vez. Lo dije dos. Pasó el mundial 2006. Lo dije tres. Alguno empezó a chicanearme con que iba a tener que repetir aquello. Pensé en hacerlo como un juego simpático. Cada uno con su locura, pero en la mía yo era el responsable de que la selección no llegara siquiera a la final. Y esa cuestión se volvió uno de esos temas a los que uno se refiere entre risas pero interiormente siente que hay algo que se retuerce, incómodo. ¿Y si de verdad era culpa mía? No lo había intentado, así que no lo podía saber. Para mí era “fifty-fifty”, como dicen por ahí. Había que hacerlo en 2010. Porque estaba “eldiego”, por eso de la mística del 86. Y no existía algo con más mística que aquel bello y poderoso ritual personal que tenía que repetir. Pero el universo me traicionó, me olvidé, y nunca lo hice. Me distraje, seguro. Y nos comimos el chamuyo de Alemania. “Ya fue, el próximo lo hago de una”. Pero estamos ahora, acá, y El Gráfico en 2014 es mensual. ¡Mensual! Así que sonamos. No habrá más martes helados, ni más rituales, ni gloria. Les pido perdón de antemano. Juro que lo intenté.

EG

 

MF / por Miguel Villafañe

1.-

El Campeonato Mundial de Fútbol de la FIFA (MF) se juega cada 4 años en distintos países. El último MF se jugó en Sudáfrica y lo ganó la Selección de Fútbol de España (SFE). De ese Mundial recordaremos al inefable director técnico de la Selección de Fútbol Argentina (SFA) en “aquel entonces”, Diego Maradona, quien en la ronda clasificatoria, como anticipo del bochorno de la goleada 0-4 ante Alemania, luego de una “gesta heroica”, acuñara ante la prensa algunas de sus frases célebres (“Chupala…”, “Seguila chupando…”), para luego reescribirlas  en un jocoso “Que lo chupen todos” que  devolvió a sus jugadores, incluida la súper estrella Lionel Messi, a la etapa oral. Esta genialidad de la perversión, esta puesta es escena de la  fantasía de nuestro querido Dié, fue la enseñanza que nos quedó de aquellos días.
También el asco ante los festejos de la grey española por sentirse campeones, todos preferíamos que gane la Selección de Fútbol de Holanda. Así, claro, pensando en Holanda, no hay más remedio que remitirse a otro glorioso MF, cuando la SFA ganó su primera copa ante la “Naranja Mecánica”. De la experiencia de Mundial 78 (además de repudiarlo con insistencia dada la tendencia a negar graciosamente nuestras complicidades porque “está sucio con sangre y mentiras”) heredamos todos los clichés que luego constituirían la retórica, el folklore del MF en este país: Clemente con la bandera anudada al cuello, la corneta, los papelitos, el imbécil festejo en el Obelisco… Todos esos elementos de la mise en scène que luego serían capturados por los publicistas y que ahora constituyen al estereotipo del hincha argentino que vemos en cuanto anuncio de productos se nos ocurra, para consolidar de paso nuestra tendencia a la xenofobia, el cretinismo, el fascismo más abyecto.

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