#SorJuana

Psicomaquia/por Cecilia Eraso

En México una barda es un paredón. Tienen uno tristemente célebre, el que los separa de EEUU. En mi ciudad natal, Neuquén, una barda es el corte abrupto que sufre la meseta patagónica, una pared natural. Hoy entraron a la cancha mundialista Sorpresa, Decisión, Templanza, Solidez y el Apóstol Ochoa que custodió la “portería” como si fuera la puerta interdimensional entre esta realidad y el Reino de los Cielos. Se mostraron decididos a no dejarse sobrepasar por los movedizos y juguetones garotinhos que juegan hermoso y para tirarse tocándose el pecho en falso gesto de dolor, como Marcelo, asemejan a los ángeles. Pero lo del Tri fue contundente, como lo es la aparición de la barda en la impasible chatura de la meseta patagónica; como debe ser la visión lejana del muro en la frontera con el imperio americano. Para abusar más de las correspondencias: enorme, el Tri –y el tres es el número sagrado del Dogma- jugó con la solidez de un paredón de (la ciudad de) fortaleza. ¿Pero por qué, por qué se nos negó el goce y alivio de los goles? ¿Cómo puede ser que no se les , que el gol no se les entregue?

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Sor Juana Inés de la Cruz, la enorme poeta mexicana, quiso describir la dinámica tortuosa del deseo que puede ser rodeado pero nunca dicho completamente. El deseo de plenitud, de fusión con el Otro –o los otros- apenas se ve cerca, y aunque parezca mentira, nos atemoriza: y entonces lo aplazamos y entonces se renueva el deseo y todo recomienza y entonces nos deja el disgusto de lo nunca del todo satisfecho. Quizás al Tri, que como dijo La Jornada hoy estuvo enamorado del esférico, le pasa como a todos los que padecen el amoroso tormento:

Siento un anhelo tirano
por la ocasión a que aspiro,
y cuando cerca la miro
yo misma aparto la mano.
Porque si acaso se ofrece,
después de tanto desvelo
la desazona el recelo
o el susto la desvanece.

Y si alguna vez sin susto
consigo tal posesión
(cualquiera) leve ocasión
me malogra todo el gusto.

¿Pero cómo es posible que aun queriendo, no se quiera? Llegaban al arco y pifiaban; llegaban al arco y no pateaban con certeza, como enamorados retraídos, que avanzan seguros pero a la hora del cortejo final algo queda suspendido. No como los brasileros, célebres cortejadores, que aman el gol y la conquista. Ahora lo sé, estaban aplazando (y demasiado) el momento del goce, el anhelo de la victoria. ¿Será por esto que a México lo atenaza, como a nosotros los porteños, la melancolía? ¿Será porque siempre parece desdeñar eso que más anhela?

Siento mal del mismo bien
con receloso temor
y me obliga el mismo amor
tal vez a mostrar desdén.

Aún con Disposición para defender y atacar, con Temple para hacerle frente a la intimidante selección favorita, con el Apóstol Ochoa -la leyenda- escribiendo su propia hagiografía en cada imposición de manos, aún así no pudieron ganar el partido con diferencia de gol. Pero el anhelo redoblado alimenta la pasión por objetivos más grandes.
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